Es tradición en todo el mundo cristiano dedicar el mes de noviembre a visitar los cementerios con el propósito de honrar a nuestros antepasados. Todo se desenvuelve, concretamente, en torno al 1 y 2 de noviembre, Los Santos y Difuntos. Velas, campanitas, flores, rosarios, amuletos, devocionarios y también tortas, golosinas, frutos secos y castañas dan vida al misterio.
Es cierto que en la prehistoria no se apreciaban celebraciones de “ánimas”, pero sí de rituales funerarios, ya que la preocupación por el destino de los muertos ha existido desde el nacimiento de la humanidad.
¿Y en España? ¿Por qué aceptamos fiestas americanas recientes, cuando los celtas penetraron en la península en el siglo VI a.C. trayendo el comercio y el memorial a los muertos? Para los celtas el fin de año terminaba el 31 de octubre y se iniciaba la siembra de los productos del campo. Según la tradición, los espíritus tenían permiso para abandonar los camposantos y adentrarse en los cuerpos de los vivos. Los vecinos, asustados, adornaban los hogares con símbolos tétricos, como huesos, calaveras (calabazas), música y luces para ahuyentarlos.
La Iglesia cristianizó estos rituales durante el Imperio romano. En Roma existe el Museo de las Almas del Purgatorio, donde hay 15 testimonios y objetos que probarían las “visitas” de estas almas a sus parientes.
Cuando en España llevábamos más de dos milenios con estas tradiciones celtíberas, los emigrantes celtas de Irlanda llevaron esta costumbre a Estados Unidos a mediados del siglo XIX, con una expresión anglosajona, Halloween, que nos han copiado y significa también “la noche de las ánimas”. Los niños se disfrazan de brujas, momias o con trajes de terror y piden por las casas caramelos con la frase “truco o trato”.
Durante siglos este recuerdo a los difuntos se ha mantenido en España, especialmente en Soria. Alrededor del 1 de noviembre se revive la leyenda, “El Monte de las Ánimas” del poeta Gustavo Adolfo Bécquer, que vivió en Soria, publicado en el diario madrileño El Contemporáneo en 1861. Una historia entre los primos Beatriz y Alonso. Se considera el mejor relato corto de terror de la literatura hispana.
El acto termina cada año con un desfile nocturno por la veterana urbe celtíbera y de Numancia, con estrofas de los ilustres poetas, residentes en Soria, Antonio Machado, Gerardo Diego o Bécquer; culmina a la orilla del río Duero, cerca de San Saturio, donde se narra la leyenda, mientras los jóvenes atrevidos atraviesan la hoguera con los pies descalzos. Es un recorrido tétrico, lúgubre, lleno de misterio, que nos recuerda el final de nuestras vidas: la muerte.
En Navarra también tenemos infinidad de testimonios en los que se rememora el misterio de la muerte, como en Sendaviva. Los espíritus familiares -dicen- se acercan a nuestras casas para pedirnos ayuda. Todas estas costumbres finalizan con exquisitos postres, como huesos de santos, rollitos de pasta, yemas de monja o buñuelos de viento.
Por tanto, no es necesario recurrir a la moda de Halloween, por ser estadounidense, porque en España ya es milenaria la tradición. En décadas anteriores era habitual también representar esa noche “Don Juan Tenorio”, obra de José Zorrilla.
Nada mejor que finalizar con versos de “Leyendas” de Adolfo Bécker ante la noche de terror y miedo: Los ciervos braman espantados, los lobos aúllan, las culebras dan horrorosos silbidos. La capilla huele a incienso, la campana tañe sin descanso y los pies de los esqueletos se aproximan, porque la muerte pisa nuestros talones en la noche nevada y oscura. ¿El final será hoy o tal vez mañana?
Luis Landa El Busto, escritor e historiador
Publicado en Diario de Navarra 26 de octubre 2025

