Los saltos en la enseñanza nunca son recomendables, son aplaudidos en atletismo donde el deportista, en los saltos triples, en pértiga o en altura, mueve su cuerpo de tal manera que sus miembros parecen elásticos con una gran armonía y plasticidad. Porque la evolución del ser humano es una.
No es así en la enseñanza en España. Las leyes de educación siempre han ido por separado, de manera que las ocho reformas (última la LOMLOE), implantadas a partir de la Constitución sobre enseñanza infantil, primaria, secundaria-bachillerato, nada han tenido que ver con las innovaciones universitarias. Este socavón entre enseñanza básica-superior y, por otro lado, universitaria ha conllevado un perjuicio grave para la formación de los jóvenes. ¿Por qué los gobiernos no han hecho una ley de educación sin tránsitos bruscos de bachillerato a la universidad? La formación de toda criatura es única y no tiene sentido que separemos una de la otra. ¿Acaso cuando un escolar pasa de la pubertad a la mayoría de edad hay un rompimiento drástico en su evolución física y psíquica? ¿No es una misma persona durante su vida?
Si el paso de la primaria (06-12) a la secundaria (13-16) supone un trauma para muchos estudiantes, todavía es más fuerte al integrarse en la universidad. De primaria a secundaria supone un aumento de la carga lectiva e incremento de profesores y asignaturas. Si a los 11 años la mayoría de alumnos se siente feliz en la escuela, esta satisfacción se va deteriorando a medida que van pasando los años de ESO y bachillerato.
Por eso el abismo de bachillerato (16-18) a la universidad implica cambios en sus hábitos de estudio, evolución de aprendizaje y maduración, exigencias académicas más duras. Es un modelo de vida que exige un reciclaje en los primeros cursos universitarios. Por eso es fundamental una innovación en las leyes universitarias. El primer año de todos los créditos (ECTS) debería ser de adaptación, de acogimiento y de entrenamiento para los siguientes cursos.
Las carreras de letras y los cursos primeros de ciencias ¿acaso no pecan de un porcentaje importante de memorización? ¿Las clases no están demasiado masificadas? ¿El número excesivo de alumnos no dificulta el trato cercano y directo con el profesor? Los últimos estudios certifican que entre el 13 y el 20% abandonan las carreras en el primer curso. El 33% de alumnos se retiran de la universidad a lo largo de su graduación.
Estos números son muy preocupantes. Sin embargo el reciente Real Decreto 905/2025, que afecta a la creación, reconocimiento y autorización de universidades y centros universitarios, no habla para nada de esta sintonía. El decreto no favorece en absoluto el tránsito de bachiller a la universidad. Otorga una autoridad suprema al Gobierno central para manipular los objetivos y muestra una desconfianza total hacia los programas de iniciativa social o universidades privadas.
La resolución está lleno de porqués. ¿Por qué la creación de nuevas universidades tiene que tener 4.500 alumnos, por qué deberán ofrecer al menos tres de las 5 ramas del conocimiento, por qué deben ofrecer alojamiento al 10% del alumnado, por qué deben invertir el 5% en investigación.
Es un claro pretexto para anular la creación y la innovación privada, de manera que excluye las universidades pequeñas, por el contrario potencia las grandes universidades, cuando la sociedad exige centros más acogedores en ciudades modestas y cercanas, que mimen al alumno y se sienta como en familia, en bien de su desarrollo y formación.
Como afirma Sandra Smith, socióloga de Harvard, la universidad debe ser un pozo de ciencia de donde beben los estudiantes, pero también un hogar donde se sientan arropados y convivan en familia. Uno sin el otro no es posible.
Luis Landa El Busto, licenciado en Ciencias Sociales
Publicado en Diario de Navarra 20 de octubre 2025

