El Mundo
Finalizó la etapa en la que era un suplicio conseguir el carnet de identidad, pero hemos entrado en otra que la supera con creces en inoperancia: impresos en estancos, minucioso relleno de los mismos, fotos, cita previa, largas colas, cuatro meses en conseguirlo para que al final «te lo rellenen a su manera» con infinidad de errores. Roberto, mi compañero de trabajo, le imponen renegar de su lugar de origen; a Juan, mi amigo, le exigen llamarse Juana; a Rosa, mi vecina que siempre elude los años, le endosan por arte de birlibirloque diez años más y a mí me obligan a renunciar al apellido de mi madre. ¡Toda una lección de ineficacia!
Ahora, ¿cómo se enmiendan los errores? ¿Quién paga el desaguisado? La Srta. de información me envía a la encargada de equipo, ésta al jefe de servicio y de allí a la Delegación del Gobierno. Nadie se quiere hacer cargo del dinero que vale el impreso, las fotos, la burocracia y el tiempo perdido. Al final, Roberto repudia al bello lugar que le vio nacer, Juan se desprende de sus atributos, Rosa permanece de por vida «al filo de un ataque de nervios», un servidor abdica de su genealogía materna… o de lo contrario tendremos que pagar religiosamente toda la burocracia de un nuevo DNI ¿A quién recurro ahora? Nadie tiene competencias para resolver el problema y unos se pasan la pelota .a otros.
Luis Landa El Busto
Publicado en El Mundo, 11 de abril de 1990

