La educación en España lleva décadas con polémicas, debido a que cada gobierno ha querido cambiar las leyes. Hemos tenido ocho, un promedio de una ley por cada seis años, de manera que ningún estudiante ha logrado finalizar su ciclo obligatorio completo. Se inició con La Ley General de Educación en 1970 con Franco; la última en 2020 denominada LOMLOE.
Esta ley socialista en vigor comenzó con mal pie, porque se aprobó sin la discusión o consenso de las distintas fuerzas políticas ni de la comunidad educativa, llámense pedagogos o centros concertados. Le falta la creación de un cuerpo de orientadores educativos y la profesionalización de directores de los centros. Como diría el sociólogo Oriol Homs “es una ley de pequeños retoques, pero sin abordar los grandes retos del futuro”.
Es cierto que en el siglo pasado los profesores abusaban de una enseñanza más teórica que práctica y quedaban en segundo término los conceptos de comprensión y competencias.
Sin embargo, estamos en el primer tercio del siglo XXI y hemos abandonado una enseñanza tradicional para pasar a otra, denominada “progresista”, prescindiendo de la cultura del esfuerzo, de la memoria y hemos apostado por igualar a los alumnos a la baja en vez de querer llegar a la excelencia.
A veces, se deja a un lado el hábito del trabajo, de manera que escuchamos frases como “el esfuerzo genera ansiedad y fatiga”. Por otra parte, esta labor diaria nos debe conducir al aprendizaje y comprensión a través de la memoria. No es cierto que únicamente las personas asimilamos los conocimientos si nos emocionan, porque en la vida hay tareas que debemos entender a través de la repetición. Incluso es necesario desarrollar la memoria de forma explícita con destrezas y entrenamientos.
Por otra parte, la llamada “ley Celaá” modifica los antiguos conceptos de exámenes, aprobados, suspensos o repetición de cursos. Se pretende que los alumnos consigan las competencias clave, es decir, obtener los instrumentos imprescindibles para progresar en su vida formativa y afrontar los retos que se le presentan con una implicación mayor en su entorno social. Ante un mundo globalizado y tecnológico, el estudiante tiene el reto de adquirir las capacidades y conocimientos necesarios, es decir, “los saberes básicos” al final de cada etapa. Toda competencia debe tener al menos unos comportamientos psicológicos, sensoriales y motores, sin olvidar el socioafectivo.
Es peligroso pasar de un extremo a otro y apostar por la escuela Vittra de Estocolmo, donde el aprendizaje se realiza a través de la experiencia, sin pizarra, sin pupitres ni libros, donde el profesor pasa a segunda término y los alumnos circulan por el centro de modo libre.

El problema surge cuando llevamos décadas preguntando:
¿Dónde está el Pacto Educativo del Estado? ¿Y el de Navarra? ¿Está el Parlamento de Navarra dispuesto a iniciar un debate entre la familia, la sociedad y la escuela, que sirva para decenas de años?
No podemos permitir frases como: “Los niños no pertenecen ni son propiedad de nadie”. Porque la familia es la primera y principal responsable de la educación de los hijos, eso no quita para que la sociedad y la escuela tengan parte activa en su enseñanza y formación.
Sea de un modo u otro, los estudiantes necesitan de un bagaje: conocer varios idiomas, interrelacionar las materias, dominar la expresión lingüística, cultural y social, tener iniciativa, flexibilidad y adaptarse a los procesos evolutivos que la historia nos depara.
En suma, el objetivo de la escuela es único: el alumno; tanto para la pública como para la enseñanza concertada en un maridaje perfecto de colaboración entre ambas comunidades.
Como afirmaba el autor de La Celestina (s.XVI), Fernando de Rojas, “miserable cosa es querer ser maestro, cuando nunca has sido discípulo”.
Luis Landa El Busto, escritor
Enero 2025

