A vueltas con el sexo de las palabras

El adecuado uso de la lengua  implica el empleo correcto de las  distintas categorías gramaticales, entre ellos los sustantivos y,  en especial, las profesiones. Los nombres en castellano pueden  poseer género masculino o femenino, con independencia de  que designe un ser sexuado o  no.

Mucho se ha escrito y comentado sobre la conveniencia de  cambiar o mantener los dos géneros a varios vocablos, por  aquello de que sectores de la  sociedad, sobre todo las mujeres, se sienten marginadas.

Las profesiones -dicen- deben inscribirse en masculino y  femenino para que todos gocen  de las mismas condiciones, sin  embargo, si rizamos el rizo, podemos adentrarnos en un callejón sin salida, como si de tierras  movedizas se tratase. Podemos  escribir, por ejemplo, concejala,  facultativa, médica, profesora,  pero ¿alguna mujer querrá llamarse conserja, detectiva, bedela, cangura o, lo que es más  chocante, «perita», que suena  más a postre dulce que a técnica  en el área industrial?

La Orden del BOE (22 de  Marzo de 1995) afirma: «Los títulos universitarios deberán expresarse en atención a la condición masculina o femenina de  quienes los obtienen». Estas  aseveraciones son fruto de las  protestas de los movimientos feministas, que encuentran excesivo vocabulario sexista a favor del masculino.

Según esto, ¿qué diremos los  hombres de los oficios o profesiones que carecen del género  masculino, como ciclista, atleta, futbolista, periodista, astronauta, poeta, anestesista, matrona,  etc.? ¿Tendremos que pedir a la  Real Academia que los convierta  en travestis? No es necesario.  Fácilmente podemos resolverlo  anteponiéndole el determinante  o artículo le/la/lo. ¿Qué decir  del diploma conseguido por mi  vecino Juan, que le acredita poder  ejercer el oficio de «escayolista»?

El Instituto Nacional de la  mujer ¿dará un paso más cambiando al género femenino algunos nombres de animales, plantas y objetos? Si es así ¿cómo  distinguiremos el cerezo de la  cereza, el cubo de la cuba o el cuchillo de la cuchilla? No menos complicado lo tenemos con  los días de la semana, los meses  y los años, todos masculinos.

Estamos llegando a tal desvarío que pronto los hombres exigiremos ir a «el cama», meternos  en «el ducho», rasurarnos «el  barbo», ponernos «el camiso»,  ir  a «el oficino» y concertar «un  cito».

En los últimos años, las mujeres abogan por un cambio en la  terminología administrativa, jurídica, educativa y periodística,  para llegar a un principio de  igualdad. Pero, todo tiene su  punto medio, por ello este asunto no debe salirse de «madre»,  porque la milenaria lengua castellana posee recursos necesarios y suficientes para distinguir  el género, sin necesidad de tanto revuelo y con más sentido común.  

Que la sangre no llegue al río,  porque como dice el escritor  Noel Clarosó: «El enfrentamiento y el odio es un despilfarro de  nuestro corazón y el corazón es  nuestro mayor tesoro». El lenguaje es un medio de  comunicarse para transmitir información a través de signos.  Estos deben ser muy consensuados, para que no suceda lo  que afirma el alemán F. Glaser: «Si se supiera cuántas y con  cuánta frecuencia se interpreta  mal lo que se dice, imperaría  más el silencio».

Publicado en Diario de Navarra 17 de marzo de 1997