La Asamblea General de la ONU decretó en 2012 celebrar cada año el Día Internacional de la felicidad el 20 de marzo. Los asambleístas reconocieron la importancia que tiene en la humanidad conseguir la felicidad y el bienestar. Para ello es necesario adquirir un crecimiento económico-social equitativo y equilibrado en todo el universo.
No podemos hablar de satisfacción y de calidad de vida si los pueblos están inmersos en la miseria. Es curioso que esta iniciativa haya tenido lugar en el Reino de Bután, un pequeño país al sur de Asia, en la cordillera del Himalaya y sin salida al mar, con menos de un millón de habitantes y su capital es Timbu.
Bután es considerado como el país más feliz del mundo por sus bellos paisajes, por sus tradiciones ancestrales y porque viven en la época medieval. No se rige por el PIB, sino por el Índice de Felicidad Nacional. Es un reclamo para el retiro espiritual con decenas de monasterios budistas y se valora como un paraíso celestial en la tierra. Sin embargo, se sigue calificando como una de las naciones más pobres de la tierra con un “rey dragón” endiosado.
Sobre la felicidad, todos conocemos los miles y miles de libros, artículos, conferencias y tertulias en los que se aborda el tema: ¿Qué es para ti la felicidad, te sientes dichoso? ¿Es posible alcanzar la felicidad o solo existen pequeños momentos? ¿Hay una guía práctica o una medicina para alcanzarla?
Desde que el mundo es mundo, el ser humano se ha afanado por alcanzar la ansiada “piedra filosofal” o “el dorado”. Para los griegos fue fundamental aspirar a ese “estado de gracia”, de forma que surgieron muchas escuelas filosóficas, en especial tres. Para Aristóteles, adquirir la felicidad implicaba lograr la plenitud de los deseos y la armonía del alma; en la segunda escuela, los estoicos proponían renunciar a las cosas materiales y llevar una vida basada en la razón y en la virtud; en la tercera, Epicuro sostenía que hay que alcanzar el placer físico e intelectual, intentando experimentar un punto medio entre el espíritu y la carne.
En la época moderna, en el XVII, el racionalismo de Espinosa afirmaba que en el conocimiento está la libertad y la felicidad que queremos captar. Dos siglos más tarde, los filósofos del Nuevo Pensamiento sostenían que solo se adquiere la beatitud cuando aceptamos nuestra condición social y nuestro pasado.
Por tanto, para unos es un estado mental y emocional, para otros vivir en plenitud o ausencia del miedo. Antes de afanarnos por conseguirla, debemos preguntarnos: ¿Existe la felicidad o es una utopía, un sueño al que aspiramos? ¿Se disfruta un tiempo muy determinado o dura toda la vida?
En estos tiempos de coronavirus, es posible que estemos demasiado obsesionados por alcanzarla, porque creemos que la felicidad es la meta y nos olvidamos que a veces podemos encontrarla en el camino de la vida en pequeños detalles.
Si preguntamos a los 7.730 millones de habitantes en el universo, cada uno nos dará su punto de vista de la felicidad. Es tan subjetiva, personal, original y profunda que no somos capaces de resumir todo el contenido en varias palabras.
Sin embargo, estas son algunas expresiones de personas encuestadas en la calle: –La felicidad se produce cuando nuestras expectativas y la realidad coinciden. Es decir, cuando tengo todo aquello que deseo. –El bienestar total son momentos concretos y se encuentra en los pequeños grandes detalles. -Es algo absolutamente subjetivo, nadie es más feliz que nadie, ni a todos nos produce satisfacción los mismos hechos. -La plena satisfacción nunca llegará a aquellos que no aprecien lo que ya tienen. -Es sentirme realizado cada día. -La felicidad es un viaje corto y no es permanente.
Otras personas abandonan la palabra felicidad y la sustituyen por “plenitud” que se adquiere cuando lo que afirmamos, pensamos y realizamos se enlazan en total armonía. -Todos llevamos dos tipos de vida, nuestro “yo” viviente, el que sufre, camina, piensa y siente el día a día, y nuestro “yo” imaginario. -La felicidad es como el amor, que se encuentra en los actos nimios de la vida con equilibrio y paz interior.
En resumen, los que hemos visitado países en vías de desarrollo, como India, Irán, Ecuador, Colombia o Senegal, apreciamos que disponer de riqueza material no es sinónimo de felicidad. Hay millones de personas conviviendo, en suma pobreza, -tres generaciones en una misma casita de hojalata- y se palpa una gran serenidad y sonrisa en sus rostros, aceptando su modo de vida. Luego, no vayas a encontrar fuera la felicidad, se encuentra en tu interior, según el filósofo San Agustín de Hipona.
Como afirmaba, también, el escritor escocés Chalmers: La dicha de la vida consiste en tener siempre algo que hacer, alguien a quien amar y alguna cosa que esperar.
Luis Landa El Busto, licenciado en Ciencias Humanas.
Publicado en Diario de Navarra el 21/03/2021

