La presidenta se muestra dócil, entregada a los programas partidistas de Sánchez y Cerdán, mientras que el socialista aragonés exhibía un criterio personal, libre, honesto y sin ataduras
En física se dice que dos fuerzas se repelen cuando dos o más elementos se están alejando o rechazando mutuamente. Lambán y Chivite tenían pocas semejanzas. He asistido a varias de las conferencias del historiador Lambán, últimamente la que dio en Pamplona, juntamente con Miguel Sanz, en abril pasado, presentado por Eduardo López-Dóriga, de Sociedad Civil Navarra. Por cierto, Ramón Alzórriz, que se aferra como parlamentario, los tildó de “réplicas malas de jarrones chinos”. El trabajo oculto de su novia con Servinabar le ha hecho caer del pedestal y su prestigio se ha roto en mil añicos y ya no sirve ni de adorno.
En primer lugar, Francisco Javier Lambán poseía un extenso currículo laboral y académico. Doctor en Historia, culto, matemático y economista, que a pesar de su altura intelectual no se apreciaba soberbia. Concejal, alcalde, presidente de Diputación y del gobierno de Aragón. Javier fue un socialdemócrata que se ganó la reputación por su coherencia en las ideas defendidas con rigor y el respeto a las contrarias. Más que consignas con su partido, a veces vanas, adquirió un compromiso firme para actuar con el Estado de derecho. Se enfrentó a Pedro Sánchez, corriente dominante entre los socialistas, cuando percibió que se alejaba de los valores esenciales para una correcta convivencia.
Su fallecimiento nos duele porque Lambán era un demócrata reformista y europeo que siempre enarboló el sentido moral y ético del socialismo al servicio de la sociedad y no del sanchismo. El “lambanismo” actuó con libertad y sin miedo a ser defenestrado de sus cargos por no seguir las tesis de Moncloa. El de Ejea de los Caballeros era una simbiosis de inteligencia con sentimiento, de razón con pasión, porque la política es un servicio al ciudadano, es un servicio a la democracia.
En la última conferencia en Pamplona le pregunté: «¿Por qué, teniendo tanta fuerza en Aragón, tu candidato, Darío Villagrasa, se ha retirado ante Pilar Alegría?». La respuesta fue sincera. “El poder del sanchismo es tan poderoso que ha ido reconvirtiendo a cada uno de mis colegas. El pesebre, el miedo al nepotismo de Pedro y a las promesas de cargos en el futuro han pervertido sus ideas”.
Ante el gran personaje de Lambán, nos encontramos con una María Chivite que en todo momento asumió, desde el año 2019, las tesis de Sánchez y se ha distinguido por su fidelidad total, haga lo que haga y pase lo que pase. Sin embargo, durante estos años se ha demostrado que Santos Cerdán era su mano derecha, nada ni nadie se movía en Navarra sin la dirección rectora del chico de Milagro. Tenía, por tanto, dos sumisiones: Pedro y Santos. Chivite presumía de la amistad especial con Cerdán, Elma y Alzórriz.
No obstante, en unos meses el castillo de naipes de Chivite se ha derrumbado, sobre todo al ser desbancado Cerdán, alma máter de la presidenta, al entrar en la cárcel por presunta corrupción. Criticada y asediada por la rama navarra con el ‘caso Cerdán, Koldo, Antxon y Belate’, se enroca en su puesto y no quiere asumir responsabilidades. Ha pasado del lloro, de las lágrimas de cocodrilo y de la desolación a la indignación. No se había enterado del trabajo de la novia de Alzórriz, ni del contrato del Gobierno con Acciona y Servinabar para las obras de Belate, ni de la adecuación del Navarra Arena, ni de las 93 VPO de Ripagaina, ni del colegio de Arbizu. Una despistada.
En resumen, dos socialistas con dos formas de actuar que chirrían: una Chivite dócil, entregada a los programas partidistas de Sánchez y Cerdán; por el contrario, Lambán con un criterio personal, libre, honesto y sin ataduras. Descanse en paz.
Diario de Navarra 25 de agosto de 2025

