Decía Helmut Köhl que «un pueblo que no conoce su historia no puede comprender el presente ni construir el porvenir». En la historia de la humanidad las palabras están en uso o en desuso según la frecuencia de su utilización que el pueblo hace de ellas. Hay vocablos que en un momento surgen y pronto desaparecen como los ojos del Guadiana. Otros pasan décadas en el candelero como ha sucedido con la palabra «solidaridad», que cuando la pronunciamos se nos llena la boca de agua y de altruismo y soñamos ya con actos generosos en Sierra Leona o en Colombia. El término solidaridad proviene del latín «solidare», que significa afirmar una cosa con razones verdaderas y fundamentales. Solidaria es la persona que se adhiere o se asocia a una causa, empresa u opinión de otro. A las puertas del tercer milenio no hay periódico, revista, radio o televisión que no aluda en uno de sus artículos o programas a la manida solidaridad. De la caridad de antaño se ha pasado al solidario actual, que tiene un matiz de compromiso y de implicación en algo.
Esta introducción viene a colación a raíz de ciertas publicaciones regionales y nacionales, así como de manifestaciones de tertulianos radiofónicos que tildan a Navarra de falta de generosidad o de poca contribución al proceso de paz o de poseer privilegios forales franquistas, que deben desaparecer para entrar en un programa de igualdad como el resto de las autonomías.
Estas personas «saberlotodo» hablan o escriben sin conocimiento de causa y, lo que es más grave, confunden a sus lectores y oyentes. La foralidad y la solidaridad no se contradicen, ni se oponen, ni se rechazan, muy al contrario se complementan y polarizan. Navarra es foral porque dispone de unos derechos hist6ricos, no privilegios, que se remontan a la época medieval del viejo reino, Ha sido solidaria durante toda su historia, primero, porque contribuyó corno reino a luchar contra los enemigos externos a la península, llámense galos o musulmanes; segundo, porque durante la anexión a Castilla se esforzaron por mantener la unidad de los territorios y a luchar contra los vecinos, los franceses y, tercero, en la época actual contribuye generosamente a los gastos estatales.
Los derechos históricos
La foralidad navarra se remonta a la época medieval, que tiene su reflejo en 1238. Durante el reinado de Teobaldo I (1234-1253), sobrino de Sancho el Fuerte, se nombra una comisión de caballeros, eclesiásticos y ricos-hombres para redactar el Fuero Antiguo, primera constitución escrita, donde el monarca queda subordinado a las leyes e instituciones del reino, no pudiendo gobernar sin previo acatamiento al fuero. Esta costumbre se va a mantener durante siglos.
La anexión a Castilla no impidió que, durante toda la Edad Media, se conservaran todos los fueros medievales, gracias al juramento puntual que todos los reyes hacían a respetar y hacer cumplir las leyes y que las Cortes y, más tarde la Diputación, se preocuparon de que se cumplieran, Pero como la sociedad cambia, hubo que adoptar las instituciones y los fueros a las transformaciones sociales, políticas y económicas del momento.
Navarra, por su situación estratégica entre Castilla, Aragón y Francia, siempre fue «presa codiciada» de los monarcas vecinos, Estos intereses provocaron malestar y desasosiego entre los navarros, que hoy se acostaban navarros y mañana podían despertar castellanos o franceses.
En ambientes cultos de la península, se justificaba y se veía con agrado la anexión a Castilla, influenciados por el libro de moda de la época «El Príncipe» de Maquiavelo (1513), afirmando que el fin justifica los medios, pues «los métodos no siempre lícitos se pueden utilizar si se consigue la paz y es de interés general». La mayoría de los navarros aceptaron la incorporación y pronto el pueblo se adaptó a la nueva dinastía, no en vano Fernando el Católico era hijo del rey navarro Juan II. Y además porque respetaron las instituciones y las leyes, se deseaba la unidad religiosa frente al calvinismo francés y se iniciaba un proceso de paz, cosa que Navarra llevaba siglos sin disfrutar. Sin embargo, la anexión a Castilla se realizó definitivamente con Felipe IV (1645) cuando reconoce que los navarros podían participar de los beneficios y oficios castellanos como si hubieran nacido allí. Se habla ya de «unión eqüe-principal», de igual a igual. Navarra era considerada como otro reino, del mismo rango, singularidad y tradición que el de Aragón y Castilla. El juramento a los fueros no significaba un poder absoluto del rey, sino unos derechos que tenían su freno en el respeto a sus peculiaridades históricas, como son los fueros y costumbres.
Este respeto a las instituciones forales y la permanencia de Navarra como reino tiene su plasmación en la denominación de los monarcas con el número correspondiente a Castilla y posteriormente el de Navarra, como Felipe IV de Castilla y VI de Navarra. Estos hechos reflejan que en Navarra se va gestando un concepto de sociedad, nación o región singular y diferenciada de Castilla, que tendrá su culminación con los escritos de Agramont, José Moret y Alesón (s. XVII), relatando una historia de Navarra basada en el pasado nostálgico. Se afianza ‘la conciencia de navarros” con un territorio histórico, regido por unas instituciones y leyes propias,
Generosidad de los navarros
La solidaridad se fundamenta en la contribución generosa a una causa ajena a tus intereses. Pero la humanidad es una y como tal todos estamos implicados en el bien de los más próximos y también de los lejanos. En palabras de Martin Luther King: «Hemos aprendido a volar como los pájaros, a nadar como los peces, pero no hemos aprendido el arte de vivir juntos, como hermanos.
La historia de Navarra está plagada de hechos generosos que demuestran esa solidaridad. Sancho el Mayor, a pesar de su posible ampliación de territorios, supo mantener unas buenas relaciones con los reinos vecinos, primando más el preservar la paz en los territorios peninsulares que el egoísmo de extender su reino. Sancho el Fuerte (1194-1234), después de las desavenencias con Castilla y Aragón que le arrebataron sus posesiones alavesas y guipuzcoanos, no rehusó luchar por la causa cristiana y acudir a la cruzada contra al-Nasír, colaborando activamente en la batalla de las Navas de Tolosa (1212) en tierras jienenses.
Son reveladoras las palabras que el navarro Rodrigo Jiménez de Rada, arzobispo de Toledo, pronunció en 1212 con motivo de la citada batalla: «Castilla, Portugal, Navarra y Aragón son independientes, pero parte de un todo superior, que es algo más que la geografía o que el eco histórico de lejanas latinidades: una continuidad de sentimientos, de intereses y de culturas. Por citar otro caso, el Fuero General legislaba que los navarros sólo se movilizasen en caso de invasión de su territorio, Sin embargo, después de la anexión de Navarra a Castilla, esta norma fue transgredida una y otra vez. En cuanto llegaban urgencias, sobre todo en la guerra con Francia, en los siglos XVII y XVIII, contribuían a mantener las fronteras con los vecinos. Así en 1636, diez mil navarros se movilizaron y, en 1639, ocho mil en defensa de Fuenterrabía; en 1640, dos mil soldados navarros participaron en la rebelión de Cataluña.
En la mitad del s. XVII, a la Corte y Villa de Madrid llegaron rumores sobre la posible existencia de conjuras para que Navarra se alzara en armas para anexionarse a Francia o conseguir su independencia. Sin embargo, fueron meros bulas y así lo manifiesta una carta del virrey de Navarra, Luis de Guzmán (1848), a Felipe IV. Le informan que no había fundamento para sospechar de una conspiración: «Es difícil que en este reino hubiera negociación con el enemigo que no pudiera verse con claridad». Por tanto, los navarros, una vez incorporados a Castilla, fueron fieles y solidarios, a la unidad, es más colaboraron con recursos humanos y económicos sin estar obligados, como sucedió en la lucha contra Francia.
Incluso con los reyes absolutistas de Felipe IV, Carlos II y el francés Luis XIV, que quisieron cercenar las instituciones forales para pasar a una administración central, los navarros fueron leales a los intereses generales de España y sólo reivindicaron el mantenimiento de sus derechos históricos. Es más, las Cortes navarras instituyeron «el donativo voluntario», es decir, cierta cantidad de dinero que otorgaba a los reyes «generosamente» como concesión gratuita, que se transformará, más tarde, en el «cupo» con el que Navarra contribuye a las cargas del Estado.
Años después será la Diputación la que administre y gestione los recursos financieros, para que, primero, en la Ley Paccionada de 1841 y, posteriormente, en el Amejoramiento se especifique que en los conventos económicos se determinarán las aportaciones de Navarra a la administración central. Esa realidad histórica tendrá su marco referencial en la Constitución de 1978 que «ampara y respeta los derechos históricos de los territorios forales», y se plasma en el régimen foral, con un sistema fiscal específico.
La identidad de Navarra En suma, Navarra a lo largo de la historia ha sabido conjugar foralidad con solidaridad. Porque, los fueros representan nuestras señas de identidad, que nos otorgan singularidad dentro del Estado. Los fueron no son «un puñado de privilegios económicos, ni unas prerrogativas franquistas, ni un pequeño reino de Taifas, sino una especie de «cédula» que imprime carácter y que conlleva honra, respeto y dignidad; es un distintivo, un patrimonio, una herencia, un «status» de todos y cada uno de los navarros. Por otra parte, solidaridad no significa hacer dejación de nuestros derechos históricos, no es «hacer de mudito» ante las presiones constantes de los que propugnan nuestra integración en otra autonomía, ni es una moneda de cambio para conseguir la paz. La solidaridad es como una gota de agua que se diluye y contribuye a formar el mar, pero no pierde su personalidad; el egoísmo es una gota de agua que se rebela contra los cauces fluviales y se convierte, sin ningún futuro, en adulador de su propio ombligo. Navarra quiere seguir siendo foral, con su identidad y singularidad propias, pero también desea ser solidaria con un respeto a la constitución y con una generosa aportación a las arcas del Estado, como este año 1999 con más de 56 mil millones de pesetas. Como afirmaba Apulevo, escritor latino del .siglo II d.C.: «Uno a no, todos somos mortales; juntos, somos eternos».
Publicado en Diario de Navarra 5 de febrero de 1999

